“Para pertenecer a Dios tengo que pertenecerme a mí mismo. He de estar solo, o al menos interiormente solo. Esto significa la renovación constante de una decisión. Yo no puedo pertenecer a otras personas. Nada de mí pertenece a nadie excepto a Dios. Soledad absoluta de la imaginación, la memoria, la voluntad. Mi amor hacia todo es ecuánime, neutral, limpio. Ningún exclusivismo. Sencillo y libre como el cielo porque yo amo a todos y cada uno y nadie me posee, me retiene o me ata. Para no ser recordado o incluso deseado, he de convertirme en una persona a la que no conoce nadie. Ellos pueden tener a Thomas Merton, que está muerto. Por lo que a mí se refiere mi nombre es ese cielo, esos postes de la valla y esos cedros. Ni siquiera meditaré sobre quien soy yo, ni diré que mi identidad no es asunto de nadie, porque eso implica una agresividad que está fuera de mí intención. No tiene ningún sentido.
Ahora toda mi vida es esto, mantenerme sin trabas. El viento posee los campos por donde yo paseo, y ni yo poseo nada ni nada me posee a mí, e incluso nadie se olvidará de mí porque nadie me descubrirá nunca.
Esto constituye para mí una fuente de inmensa confianza.”
Thomas Merton.

No hay comentarios:
Publicar un comentario